Magia negra.



Caminamos por un largo rato por la ciudad. Las tiendas estaban siendo cerradas, miré mi reloj y marcaban las seis de la tarde, ya estaba totalmente oscuro y el invierno azotaba temprano. Por fortuna, encontramos una tienda de licores a unas cuantas cuadras y le dimos gracias al cielo por semejante dicha. Entramos, mi compañera se adelanto a las neveras de cervezas y tomo un six-pack de cervezas holandesas que estaban a buen precio, yo inspeccioné los pasillo y tome un par de caramelos de almendras, dos cajetillas de cigarrillos, una botella de brandy y otra de ron cubano. No me había fijado que quien estaba detrás del mostrador, era un hombre bastante joven. Con esa cara de comerciante de medio oriente que busca un sueño americano, como todos los que viajan a Nueva York.

– Son 180, 50… ¿desean una bolsa? –termina esta frase con una enorme y encantadora sonrisa en su rostro, sus ojos azules generaron sensaciones en mi compañera y en mi. Magia, mi adorable y diminuta compañera saca los billetes del bolsillo de su abrigo. Los pone sobre el mostrador, toma la bolsa y sale disparada por la puerta. Le doy las gracias al sujeto e imito a Magia.

– ¡Ese hombre es un semental! Se le nota por encima… –toma aire, se detiene en medio de la acera mientras la gente nos mira con mala cara y hasta nos insulta por el arrebato de Magia – pero él no tiene derecho, no lo tiene…

Ahogo una sonrisa, le pido uno de los cigarrillos que compramos y me lo extiende mientras seguimos caminando. Busco mi encendedor de metal, me tomo un tiempo entre el trafico de gente apresurada detrás de mí y le doy fuego a mi boleto cancerígeno directo a la muerte. Al cerrarlo, la imagen del hombre que nos acababa de atender hace media hora más o menos, se atraviesa frente a mí, a unos escasos metros de distancia. Parece que lo hubiese visto a cámara lenta, en modo película. Entrecerré y abrí los ojos y me tope con Magia agitando su mano delante de mí.

– ¿Estás bien? –me pregunta, buscando detrás de ella la razón por la cual perdí la noción del tiempo.

–Sí. Nada importante. ¿A dónde vamos?

–A consumir todo esto que tenemos aquí. –levanta la bolsa con todo lo que compramos y la agita a la altura de mi rostro.

Me toma de la mano y me guía. Y se abre paso por un callejón con una peste mortal. Agua estancada, basureros desbordados, muchas botellas vacías y algunas con una miseria de trago al fondo rodando por el suelo, bolsas de papel de esas que usan en las panaderías, condones usados y jeringas. Esto tiene que ser una broma de mal gusto. Aprieto la mano de Magia con fuerza haciendo que se gire a verme y su cara es una sonrisa del tamaño del Zahara, es tenebrosa pero encantadora. Me relajo y sigo su caminar, atravesamos una gran parte del callejón y nos detenemos frente a una puerta naranja con un cuadrito de vidrio que no permitía la vista hacia el interior del lugar que estaba detrás de ella. Al abrirse la puerta, un chirrido bastante escalofriante me hizo saltar sobre mis talones y un escalofrío repentino fue la causa de que mis brazos se acomodaran en mi cintura, dándome calor yo misma.

Era un cuarto blanco, totalmente blanco. Parecía la habitación de un manicomio, estaba frio y transmitía desespero. Estaba pulcro, no había nada parecido a lo que vi en el callejón. Magia toma un control remoto, presiona un botón y empieza a sonar una canción que desconozco, que hace bailar su cuello y cerrar los ojos, lo está disfrutando. Toma una de las cervezas y me la lanza directo al pecho, que por suerte pude atajar antes de que me golpeara.

Pasadas las horas, las botellas de brandy  y ron tuvieron un velorio particular. Y las latas de cervezas rodaban por el piso. Magia me había colocado en los ojos una especie de antifaz y me había atado las manos, elevó el volumen de la música tanto, que me costaba escuchar mi propia respiración. No me sentí asustada, mi confianza era tanta que no podía pensar en algo que me perjudicara, al contrario, sabía que haría algo que me gustaría. Sentí sus manos en sobre mis muñecas des-atándolas y acto seguido, colocándome un objeto con partes metálicas totalmente frías y algunas partes de madera pulida. Me ayudo a ponerme de píe y me quitó lo que me había colocado sobre los ojos… cuando los abrí, me encontré con el hombre guapo que nos atendió en la tienda tirado en el suelo con tres enormes manchas de sangre sobre su cuerpo. Una en su pecho, debajo de su pectoral izquierdo, en lo que sería su corazón, la otra estaba sobre la bragueta de su pantalón desteñido y la última estaba en su área abdominal.
Mis manos empezaron a temblar de manera incontrolable, Magia me miraba con cara de preocupación y lo miraba a él, se ponía su índice sobre sus labios como si estuviera pensando en algo.

–¿Qué pasa, negra?

Estoy totalmente muda, no sé que responder. Solo no entiendo que hace ese hombre tirado en el suelo, mirándonos con desesperación, miedo y dolor. No sé que hizo mi compañera, tampoco sé qué coño estoy haciendo aquí con un arma entre mis manos. Siento la mano delicada de mi compañera sobre mi espalda acariciándome.

–Negra, tienes que terminar esto… vamos, dispara –me señala al sujeto– directo en la cabeza. En su cerebro. Sabes que no tiene el derecho, no tiene derecho de hacerme sentir que tener sexo con alguien como el por una noche me haría sentir la mujer mas poderosa del universo. Ningún hombre tiene derecho a serlo, no puedes seguir permitiendo que el vaya por la vida haciéndole creer a las damas que es un dios sexual solo porque tiene una bonita apariencia, tienes que acabar con su maldito ego y su maldita testosterona –aprieta el puño y lo agita en el aire, se arrodilla y acaricia las heridas del hombre frente a mi– vamos Negra, confio en ti. Te encenderé todos los cigarrillos que desees por el resto de nuestras vidas…

Me da una mirada llena de brillo, toma la mano del comerciante y permite que este la apriete con tanta fuerza que hasta yo percibí la incomodidad en mi mano. Magia sonríe, con malicia mientras se recoge el cabello, se acerca al oído del árabe y le murmura a un volumen audible “sabes que no lo eres”, y se pone de pie. Coloca sus manos a la cadera y me pide a gritos que accione el gatillo. No me había percatado de que se estaba reproduciendo “Don’t cry” de Gun’s and Roses… que casualidad.

Quizás Magia tiene razón, el no tiene el derecho de hacerse ver como un semental. Como un mago, como un dios, como un fenómeno cuando no lo es. No tiene derecho a sonreír de ese modo, de hacernos fantasear de esa manera, incluso, ni siquiera tiene el derecho de hacerme odiarlo por lo irresistible que se muestra… tomo el arma, quito el seguro, miro a Magia y le sonrío con complicidad. Apunto sin mirar a la víctima y aprieto ese gatillo con mi dedo. No se escucho el impacto. Pero sé que el disparo cayó directo en su frente.

– ¿Por qué no sonó? –le pregunto, mientras examino el arma.

Me guiña un ojo y se pone a bailar alrededor del cadáver, que aún permanece con los ojos abiertos. Me da un poco de pena observar su mirada perdida, me agacho un poco y bajo los parpados. You can dance, you can dance… Jamas imaginé que bailaría Dancing Queen luego de matar a alguien. 

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