Larga vida.



Sentado en un parque, donde los niños cada tarde dejan sus huellas en la grama y ríen con una naturaleza magnifica. Me siento fuera de lugar entre tanto color con un aura tan gris, a pesar de que es mi cumpleaños. Lo mas irónico de todo, es que una niña se acerco a regalarme un globo color rosa, con una carita sonriente hecha con rotulador, y lo amarró al banquito donde estoy reposando mis ganas de no hacer nada por el resto de la tarde. El pitido de mi reloj me informa que son un poco más de las 4 de la tarde y debería estar tomando mi camino directo a casa de mis padres para su asquerosa costumbre de cantarme el supuesto cumpleaños feliz frente a un pastel de panadería, que seguramente tiene dos semanas en la nevera de muestra y que cuando cortemos tendrá un sabor desagradable pero comeremos para no perder la costumbre. Seguramente allí estará el tío Manuel, restregando su éxito fuera del país. Haciéndonos sentir miserable, como de costumbre. O por lo menos a mi me hace infeliz que a mis veinticuatro años no he podido lograr tener una empresa de publicidad tan exitosa como la suya, y que tengo que pasar más de ocho horas sentado en un escritorio más pequeño que un baño portátil, escuchando los gritos de mi asqueroso jefe, el mal aliento de la secretaria despeinada y con bigote que parece no dejar de molestarme a cada maldito minuto de mi jornada laboral. La sonrisa de mi padre, que ni siquiera termina en donde comienzan sus orejas, porque por supuesto no es una sonrisa. Mi vida se ha convertido en un asco, realmente. Y es un milagro que el camino se me haya hecho tan corto, supongo que es por el rato que ocupe a pensar en mis miserias.

¡Oh! ¡Ha llegado el cumpleañero! —mi madre suelta la bandeja con algunos aperitivos que estaba repartiendo y se aproxima a saludarme a penas me ve entrando por la puerta.

Hola mamá.

Te estábamos esperando. Aquí tienes… —me entrega una copa de vino tinto —¡A tu salud!

Echo un vistazo a la habitación y todo parece normal. Están mis padres, los gatos en los muebles, el rancio pastel sobre la mesa, mis primos pequeños, un par de tíos, vecinos de mis padres y mi querida, mi amada ex novia… Samantha, la razón de mis desgracias. Con su metro ochenta de estatura, sus labios siempre pintados de rojos, un vestido negro que le cubre las rodillas y su asquerosa mordida de labio que aun me pone el pene erecto. Nunca he entendido porque está en todos mis cumpleaños.
¡Precioso! —me reparte castos besos en cada una de mis mejillas —pensé que no ibas a llegar nunca, pero aquí estás. Feliz cumpleaños, Ricardo.
Gracias…

Me preguntaba si después de esta velada tan patética, no sé, te gustaría tener una cena conmigo…

Maldita perra.

No estoy muy seguro, cariño. Pero gracias por la invitación.

Se encoge de hombros y camina de vuelta a donde están todos los demás. Tomo el globo que me dio la niña y lo amarro en la silla donde me sentaré. La conversación de mi padre con el idiota del tío Manuel solo se resume a un par cosas: a los logros del tío y las quejas de mi padre referente a todo lo que le rodea. Mamá muy ocupada en sonreír y parpadear, los enanos insoportables molestando a los gatos dormilones y mi adorado tormento mirándome con hambre, como si yo fuera un pedazo de carne frente a unos leones.

¡Es hora de picar el pastel! — mi madre grita inesperadamente haciendo que todos brinquemos en nuestro asientos, incluyendo a los gatos.

Las luces de la sala se apagan, el fosforo se enciende antes mis ojos y contagia de alegría a la mecha de la vela sobre el pastel. Las caras de todos sobre mí, la mía sobre el pastel. ¿Cómo es posible que mis cumpleaños se hayan convertido en algo tan patético y absurdo? ¡Mi ex viene a todos! Eso es increíblemente patético.

¡Cumpleaños, Ricardo… Cumpleaños feliz! 

Todos rompen en aplausos y silbidos, Samantha corre hacia el interruptor de luz y la enciende dejándome ciego por un instante. Deja una carta sobre la mesa, me sonríe y toma el cuchillo con el cual se supone que debia cortar el pastel. Miro el papel, luego a mis padres que se encogen de hombros a modo de no-se-nada-al-respecto y pongo mi mirada sobre Sam, que se inclina y corta un trozo de pastel dejando todo el cuchillo lleno de crema. Me guiña un ojo, pasa la lengua por la punta del cuchillo y lo pone sobre su cuello y haciendo un movimiento rápido y toda su sangre cae sobre su pecho, bañando su vestido y el suelo. El cuchillo cae, solo veo a todos corriendo. Los niños llorando, mi madre gritando pero no logro escuchar nada, el shock no me lo permite. Me pongo de rodillas, tomo la mano de Samantha... 

Felicidades, precioso. Te amé como nunca, te amaré siempre. Considero que el mejor regalo de cumpleaños que puedo darte es desaparecer de tu vida por completo, así que, solo quiero hacerte feliz. ¡Feliz cumpleaños, Ricardo!”

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